Un año más, la Fundación Sophia, celebró este fin de semana su congreso anual, celebrando en esta ocasión su treceava edición.
Fue para mi un verdadero honor, poder participar de dicho congreso donde, pude ratificar que, solo cuando el trabajo se hace desde el corazón, el esfuerzo de cada día, se convierte en placer y en diversión.
Cuando todos vamos en el mismo barco remando al unísono, cualquier trayecto que antes pudiera parecer innavegable, cobra sentido y encuentra un rumbo fijo, incluso con los menores recursos posibles y con muchas tormentas en el camino, finalmente, consigue llegar a buen puerto el más complicado navío.
Y este es el caso de la Fundación Sophia, dedicada al estudio de la filosofía y las artes, de una forma casi altruista está consiguiendo, ser un referente a nivel mundial, en el desarrollo espiritual de sus miembros.
En el congreso pudimos ver todos los logros que se han conseguido este año, de una forma silenciosa, poco a poco, la Fundación va creciendo y llegando a más lugares en todo el mundo.
Este año, se marcaron un nuevo reto México, donde dos voluntarios, Natividad y Daniel, con su magia y siempre acompañados por los presidentes Javier Vilar y Hermenia Gisbert, han comenzado a “dar a luz”, en el otro continente, lo que estoy convencida, solo es el principio, de una gran obra para el descubrimiento del crecimiento personal y la búsqueda de la luz interior.
Gracias por esta fantástica labor que cada día nos hace recuperar la esperanza de poder aspirar a un mundo mejor.